Matilde Menéndez

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El día 21 de Septiembre de cada año se organiza  el día mundial del Alzheimer, en base a la propuesta de la Organización Mundial de la Salud y puesto en marcha por las asociaciones de familiares de enfermos de Alzheimer.

Esta fecha sirve para explicar la problemática que genera esta forma de demencia y además organizar servicios concretos de apoyo a los enfermos en cada comunidad, como son transportes asistidos, talleres de psico-estimulación, cursos de formación para los cuidadores, trasmitiendo a la sociedad la importancia de un problema que atañe a los enfermos y sus cuidadores como binomio indisoluble.

La enfermedad de Alzheimer (descrita por el doctor Alois Alzheimer en 1907) se define hoy como un proceso degenerativo de las células cerebrales de carácter progresivo. Se considera que la padecen más del 7% de las personas de más de 65 años y es la causa de invalidez, dependencia y mortalidad más frecuente en los mayores.

En esta enfermedad, que hace años se consideraba rara y hoy está ya individualizada, existen déficits progresivos de todas las funciones corticales superiores que poco a poco se deterioran y repercuten en el enfermo hasta provocar su total incapacidad y la absoluta dependencia de un cuidador.

 

Síntomas

Al principio las dificultades que tiene el enfermo en memorizar hechos recientes y los cambios de comportamiento y del humor alertan a la familia de que algo no va bien en esa persona. Los olvidos de fechas importantes o el no encarar problemas que antes le importaban certifican que su capacidad psiquica tiene dificultades. Pronto se le puede olvidar como volver a casa o el nombre de sus allegados. Luego un deterioro más o menos lento le hace ser cada vez más dependiente de las personas que le cuidan hasta llegar a la total incapacidad en un plazo cercano a los diez años desde que se hizo el diagnóstico inicial. En cada caso la duración de las etapas puede variar mucho.

Actualmente hay medicamentos que intentan parar la evolución de la enfermedad de Alzheimer en sus primeras fases. Hay estudios que han comprobado que su consumo produce una mejoría en la valoración que los cuidadores hacen del nivel funcional del paciente y también se asocia a menor deterioro cognitivo a los 2 años de iniciarse en un 10-20% de los pacientes, lo que ha generado esperanzas en futuras investigaciones. Estas medicinas producen sin embargo importantes efectos secundarios y pueden dañar el hígado.

Los fármacos específicos neurolépticos, ansiolíticos, antidepresivos, tranquilizantes y somníferos en cada caso ayudan a controlar los síntomas que van apareciendo en el transcurso de la enfermedad y se usan para frenar todo lo posible el deterioro cognitivo y los problemas psiquiátricos que le acompañan.

 

Una enfermedad grupal

En definitiva, la enfermedad de Alzheimer ataca a una persona pero repercute en todos los que viven con ella de una forma progresiva y cada vez con más intensidad. La extensión de los recursos sociales de apoyo a cuidadores y familiares de estos enfermos es cada día mayor, por eso en el blog de Matilde Menéndez creemos que comprender lo que es la enfermedad en toda su extensión y recordarla el día mundial del Alzheimer es una iniciativa social que se debe apoyar siempre.

 

Fuente: OMS

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  • In: enfermedades | prevención
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Cualquiera puede entender lo que significa “mantener la lucidez” sin demasiadas explicaciones y, sobre todo, sin demasiadas definiciones de lo que significa. Porque la lucidez -y sobre todo, la posibilidad y el temor de ir perdiéndola conforme avanzan los años de la persona adulta- no tiene un modelo social ni biológicamente establecido: sólo es posible evaluarla en relación con las habilidades que cada uno desarrolló en su juventud.

 

Y por eso, también, los indicadores del deterioro cognitivo -la disminución de las capacidades de moverse, de pensar adecuadamente a la situación, de prestar atención, quizás de comunicarse- van más allá de parámetros clínicos o de códigos sociales: son el malestar, la tristeza, la alteración de la realidad cotidiana, el sentimiento de culpa por no poder manejarse tan independientemente como antes, lo que mide el peso de la vejez en cada persona.

 

Por eso la vejez, aún cuando forma parte de la naturaleza, constituye uno de los grandes temores humanos, y la pregunta sobre cómo llegar a esta edad y transitarla con lucidez es una de las grandes preguntas a las que la medicina y la psicología tratan de aportar respuestas. Una de las respuestas más firmes, según explica el doctor Moisés Schapira, especialista en Gerontología y Medicina Familiar, es que las capacidades perdidas en general no se recuperan, y que por eso es necesario desarrollarlas en la juventud y preservarlas en la edad adulta. Y que hay ejercicios y tratamientos específicos para la preservación de las capacidades cognitivas, aunque no hay estándares universales ni garantías, ya que cada persona es diferente.

 

Capital cognitivo

Desde el sentido común se puede decir que es como el buen pasar económico: conviene desarrollarlo en la juventud para no pasar apremios más adelante, cuando ya es más difícil conseguir lo que nunca se supo cómo. Desde el punto de vista neurológico, las capacidades cognitivas (lenguaje, juicio, inteligencia, atención, ubicación espaciotemporal, memoria, capacidad visoespacial) dependen de la dinámica de las células nerviosas, que establecen entre sí conexiones llamadas sinapsis.

 

“Cuanto más activas se mantengan las capacidades cognitivas durante la juventud, a través de la actividad social e intelectual, del juego y de todo aquello que estimule el ejercicio de la inteligencia y la salud mental, mayores serán las conexiones sinápticas que se establecen, y mayores son las chances de tener una buena capacidad cognitiva a medida que se avance en edad”, señala Schapira.

 

El especialista explica que hay cierta disminución de capacidades que es propia de la senectud, como algunos olvidos o la dificultad para recordar nombres, por ejemplo. ¿Cuándo necesitan tratamiento específico? “Los síntomas dependen de cada persona, así como de la causa del deterioro y de las funciones afectadas”, responde. La amnesia (pérdida de la memoria), la afasia (pérdida del lenguaje) o la dificultad para identificar o reproducir formas (pérdida de la capacidad visoespacial), obedecen a diferentes causas y presentan diferentes posibilidades de tratamiento.

 

Los cambios bruscos en el carácter, un repentino retraimiento o pérdida de la capacidad de socializar, perderse yendo a un sitio conocido y, sobre todo, olvidos en situaciones que antes constituían un hábito (el lugar donde siempre se dejan las llaves, o el nombre de personas del entorno cercano) y pérdida de las habilidades que antes caracterizaban a la persona (no de capacidad física, sino, por ejemplo cocinar, organizarse o manejar la economía doméstica) pueden ser motivo de consulta a un especialista.

 

Pensar hace bien

Lo que con un importante grado de evidencia en la mano piensan hoy los especialistas es que las actividades que ayudan a crear y fortalecer sinapsis coinciden con aquellas que suponen adquirir habilidades nuevas, y son tanto más efectivas cuanto más intervienen en ellas la capacidad lúdica y el placer de llevarlas a cabo. La licenciada Miriam Cohn, jefa de Terapia Ocupacional del centro Hirsch de San Miguel, da algunos ejemplos de ejercicios tales como hacer palabras cruzadas, sopas de letras, sudokus, ejercitar la mano izquierda cuando uno es diestro, estimular las capacidades sensoriales o “ejercitar la memoria con actividades tan simples como no consultar la lista de compras mientras se está en el supermercado y corroborar sólo después”.

 

En el sitio web del Instituto de Mayores y Servicio Social español (INSERSO) se recomienda se recomiendan una serie de ejercicios referidos a las diferentes funciones cognitivas. Para estimular la atención, por ejemplo, se sugieren tareas simples como trabajar con series numéricas concretas, nombres de los meses del año en sentido directo e inverso.

 

La memoria inmediata se estimula con ejercicios de repetición de series, reforzando la memoria reciente con ejercicios cortos que faciliten la fijación y el recuerdo (“me llamo como su hija”) y repetir los ejercicios un tiempo prolongado para mantener la memoria remota.

 

Para mantener el concepto numérico y el cálculo, se resuelven problemas y operaciones aritméticas y juegos numéricos. El razonamiento se estimula mediante ejercicios que trabajen la capacidad de clasificar características de los objetos, mientras que los aspectos del lenguaje y la capacidad visoespacial se ejercitan mediante la escritura, el dictado y el dibujo.

 

El fantasma del “alemán”

La prevalencia del mal de Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa progresiva, se acerca al 11% de la población mayor de 80 años, y a partir de los 65 se duplica cada 5 años el riesgo de padecerla, según datos de la Sociedad Española de Neurología. Es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central que sólo en un 1 a un 5 por ciento de los casos es genética (es decir que en general es muy poco previsible) y no hay tratamientos eficaces contra ella: apenas hay algunos fármacos que en algunos casos pueden retardar el deterioro y hacer que avance más lentamente que en pacientes sin tratamiento, pero es por ahora un terreno con más incertidumbres que seguridades.

 

Sin embargo la posibilidad de deterioro cognitivo severo relacionado con la edad ha quedado demasiado asociada al mal de Alzheimer, cuando hay muchas otras causas de deterioro -las demencias vasculares y el mal de Parkinson entre las más frecuentes-con diferente pronóstico y diferentes posibilidades de tratamiento.

 

Para Schapira, la prevalencia de las demencias vasculares -es decir, como escuela de un ACV o por problemas de irrigación sanguínea en el cerebro- pone de manifiesto la importancia del cuidado integral de la salud cadiovascular en la preservación de la lucidez y la autonomía en la vejez. La hipertensión arterial, la diabetes, el colesterol alto, el tabaquismo y la falta de actividad física juegan naturalmente en contra.

 

En las personas con demencias vasculares la posibilidad de recuperación reside en la resiliencia de las áreas cerebrales dañadas, señala Cohn: “Depende mucho de la persona y de su caso particular, y en este proceso es fundamental el compromiso del paciente con la tarea que está realizando, porque nosotros podemos guiarlos, pero el noventa por ciento lo ponen ellos”, comenta la terapeuta.

 

Frente a la pérdida de capacidades cognitivas, señala Schapira, “hay mucha oferta pero no existe un tratamiento preventivo cuya eficacia esté suficientemente demostrada, aunque sí es posible que la persona potencie las capacidades que conserva y se adapte a su nueva situación que está viviendo, por lo que la clave se centra en estimular las funciones remanentes”.

 

Fuente: lanacion[dot]com[dot]ar

Las nuevas tecnologías podrían estar modificando nuestra forma de recordar. Recientemente se descubrió que el cerebro usa la Web como almacén de datos.

Los psicólogos ya lo llaman el “efecto Google “: la alteración en el proceso de aprendizaje y en el desarrollo que se produce cuando una persona -niño, joven o adulto- tiene a golpe de clic las nuevas tecnologías. Si ya hubo que hacer un esfuerzo hace 40 años para explicar que saber multiplicar seguía siendo útil, aunque existieran calculadoras, ahora la memoria humana es la siguiente capacidad en riesgo de caer en desuso. ¿Para qué aprender los nombres de las capitales del mundo si Internet las da en milésimas de segundo?

Cuatro experimentos que acaban de publicarse en la revista especializada Science demuestran que las personas están utilizando Internet como una extensión de la propia memoria. En el estudio, los voluntarios tenían que prestar atención a una serie de curiosidades, como que el ojo de las ostras es mayor que su cerebro. Al escucharlas, un grupo podía guardar los datos en un archivo de computadora o recibía la información de que iban a ser borrados. Luego se les preguntaba qué recordaban.

El resultado fue contundente: los que creían que iban a poder consultar con la computadora no se tomaron la molestia de aprenderse los datos, y los que pensaban que la información se borraría se acordaban mejor.

Con las nuevas tecnologías, la capacidad de memorizar se va perdiendo. “Los estudiantes usan Internet como una memoria externa”, afirma Betsy Sparrow, una de las autoras del trabajo. “Pero ¿es malo? Yo creo que no”, agrega Roddy Roediger, de la Universidad de Washington en San Luis.

Bueno o malo, el cambio es notorio. El impacto de Internet en nuestra manera de aprender es bueno y malo a la vez. La psicóloga clínica Beatriz Azagra lo explica así: “Las nuevas tecnologías sirven para que los alumnos se interesen por otras cosas. Las presenta de una manera más atractiva – afirma esta profesora de la Universidad Complutense de Madrid-. Pero a veces eso va en detrimento del esfuerzo.”

“Las nuevas tecnologías son un buen soporte del proceso de aprendizaje -admite Azagra-, pero no se puede sustituir la relación con el profesor.” La especialista agrega que a veces hay tantos estímulos que el niño se confunde. “Es importante no perder el valor de la palabra. A veces, los niños y los que no lo son tanto están tan acostumbrados a encontrar todo en Internet que a la hora de expresar un conflicto no saben hacerlo”, afirma.

Lo que está claro es que las nuevas tecnologías afectan aspectos del aprendizaje y el comportamiento. Por ejemplo, la psicóloga clínica Esther Legorgeu indica cuatro en los que ella cree que se está produciendo un perjuicio. “El interés por los textos escritos y la capacidad de comprensión están empeorando”, afirma. También declara: “La capacidad de imaginación está disminuyendo. Más que inventar, lo que ahora se hace es planificar la búsqueda de la información. Al leer en papel, hay que relacionar lo escrito con lo que se sabe. Ahora, esas relaciones están en la pantalla”.

Mucha internet, poco esfuerzo

Esta situación implica una segunda merma: el decrecimiento del esfuerzo mental. “En todo proceso de aprendizaje, hay dos tipos de memoria: la de trabajo, que se usa para obtener datos con los que razonar y obtener conclusiones, y otra de largo plazo, en la que almacenamos conceptos por si en un futuro nos son útiles -dice la psicóloga-. Ahora almacenamos menos. Es parecido a lo que pasó con el cálculo mental cuando llegaron las calculadoras”, explica.

Un tercer aspecto perjudicado es la atención a lo verbal. “Los alumnos encuentran la exposición oral menos interesante porque es menos interactiva”, afirma Legorgeu. Esto tiene un impacto claro en la enseñanza: “Los profesores lo tienen más difícil, porque niños y adolescentes están sobreestimulados”.

Pero no todo es negativo. La psicóloga cree que las nuevas tecnologías fomentan el autoaprendizaje. “Cuando alguien está motivado, le cuesta menos profundizar y se aprovecha una información más global”, indica. También se desarrolla la memoria visual.

Cambio de hábitos

Lo que está claro es que la incorporación masiva de estas nuevas tecnologías supone un esfuerzo de adaptación. “El teléfono o las calculadoras supusieron un salto tremendo, un cambio de hábitos, pero no en el ser de la persona”, concluye el psicobiólogo de la Universidad de Educación a Distancia Ricardo Pellón.

Al disponer de nuevos recursos, el ser humano, vago por naturaleza, puede abandonar habilidades y eso se refleja en el cerebro.

Como explica el jefe de Neuroimágenes de la Fundación Centro de Investigación en Enfermedades Neurológicas (CIEN), Juan Alvarez-Linera, la clave de todo este asunto está en la plasticidad del cerebro, demostrada por las imágenes de resonancia magnética funcional. “El cerebro es como una computadora muy compleja, que puede estar cambiando continuamente el software”, afirma Alvarez-Linera. Esto se traduce en que cambian las conexiones neuronales. “Con un entrenamiento intensivo es como si se estuviera actualizando continuamente el software”, agrega.

Todo esto tiene un impacto en la vida cotidiana. “Desde que llegaron los teléfonos móviles, ya nadie se acuerda del número de teléfono de nadie -pone como ejemplo Alvarez-Linera-. Y esa falta de entrenamiento específico tiene su efecto en la memoria, aunque no tiene por qué ser necesariamente negativo, porque esa pérdida se compensa con la memoria para saber dónde y cómo los tenemos que ir a buscar”, indica.

En el caso de los niños o los adolescentes, el impacto es, si cabe, aún mayor. “Un chico de 15 años maneja mucha más información hoy día que uno de su misma edad de hace 50. Y para eso tiene que desarrollar otro tipo de habilidades que también implican a la memoria, como es la gestión de la información (más que saberlo todo, saber cómo acceder de forma rápida y eficiente a los datos)”, explica Alvarez-Linera.

Darle vida al cerebro

Esta situación descripta se vincula con el llamado “efecto Google” y su impacto sobre la memoria de las nuevas tecnologías. “Obviamente hay cosas que ganar y otras que perder”. Lo que hay que hacer, entonces, es tomar medidas para que los beneficios sean superiores a los perjuicios. Para ello, la primera recomendación del neurorradiólogo es “mantener en forma el cerebro. No es bueno dedicarse a tareas monótonas, lo mejor es tener una actividad cerebral variada”, afirma.

Esto incluye trabajar otros tipos de memoria, como la de procedimientos y no olvidar el ejercicio físico, que sabemos que contribuye a mejorar las conexiones cerebrales. “Hay actividades, como el golf o la música, que funcionan bien, porque aparte del ejercicio físico hay que acordarse de las posturas, los movimientos”.

Al final, Álvarez-Linera resume que, independientemente del uso de las tecnologías o no, lo que hay que hacer es “darle vida al cerebro”.

Fuente: lanacion[dot]com[dot]ar


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